Una manzana que no se oxida

Sobre intervenir lo vivo, el cuerpo que formamos entre todos y el planeta que guarda registro de lo que hacemos.

En la sección de frutas del supermercado todo parece estar en orden. Las manzanas brillan, casi del mismo tamaño, casi del mismo color. Los plátanos tienen la misma curva. Los tomates, una redondez que cuesta encontrar en una huerta.

Es un paisaje tan familiar que apenas lo miramos. Y sin embargo es uno de los lugares más intervenidos del planeta.

En algunos países ya se vende una manzana que no se pone marrón cuando la cortas. Le silenciaron el gen responsable de esa reacción. Puedes partirla por la mañana y por la tarde sigue blanca, intacta, como recién abierta.

La primera vez que lo leí me quedé un rato pensando en ese marrón. Ese color aparece porque al cortar la fruta se rompen sus células y una enzima reacciona con el aire. En la planta, esa reacción parece ayudar a proteger la herida. El marrón es, en cierto modo, la manera que tiene la manzana de mostrar que la han dañado.

Y hemos aprendido a borrarlo.

Intervenir lo vivo no es nuevo. Llevamos haciéndolo desde que dejamos de ser solo recolectores. El maíz que conocemos desciende de una hierba silvestre llamada teosinte, de mazorcas diminutas, y fue cambiando durante miles de años en manos de quienes lo cultivaban. El perro salió del lobo. El trigo, de gramíneas que crecían solas. Casi todo lo que comemos lleva la huella de generaciones de campesinos eligiendo, cruzando, guardando semillas.

Lo nuevo es la velocidad. Y la precisión.

Desde 2012 existe una herramienta, CRISPR, que permite editar el ADN casi como quien corrige un texto. Con ella se investigan curas para enfermedades que hasta hace poco no tenían ninguna, y eso es extraordinario. Con ella también se han diseñado mosquitos capaces de transmitir un cambio genético a toda su población. Y en 2018, un investigador chino anunció el nacimiento de dos niñas con el genoma editado. El mundo científico reaccionó con un escándalo que todavía resuena.

Hace unas décadas, todo esto era ciencia ficción. Ahora es una noticia más entre otras.

Pienso en el plátano. Casi todos los que se exportan en el mundo son de una misma variedad, el Cavendish, y se reproducen como clones. Son idénticos. Eso los hace cómodos de cultivar, de transportar, de vender. También los hace muy vulnerables: un hongo que ataque a uno puede atacarlos a todos. Ya ocurrió con la variedad anterior, la Gros Michel, que una enfermedad prácticamente borró de los mercados a mediados del siglo XX.

Cuanto más simplificamos lo vivo, más frágil se vuelve.

Hay un dato que me cuesta ver. Si se suma el peso de todos los mamíferos que hay ahora mismo en la Tierra, los seres humanos somos algo más de un tercio. El ganado que criamos, cerca de dos tercios. Los mamíferos salvajes, todos juntos, apenas un cuatro por ciento. Con las aves pasa algo parecido: los pollos de granja pesan más del doble que todas las aves silvestres del planeta.

Leído así, parece la descripción de un único organismo enorme. Un cuerpo colectivo hecho de miles de millones de personas y de los animales y plantas que hemos moldeado a nuestra medida, extendiéndose por los continentes. Ninguna célula de ese cuerpo decide hacia dónde va. Nadie lo dirige. Y aun así crece, come, transforma el paisaje y deja rastro.

Porque la Tierra guarda registro.

Los geólogos que estudian nuestra época encuentran señales nuevas en los sedimentos. Plásticos. Partículas de hormigón. Isótopos radiactivos de las pruebas nucleares de los años cincuenta. Y huesos de pollo, millones de toneladas, de una especie de ave que no existiría sin nosotros. Dentro de mucho tiempo, quien excave en estas capas encontrará la forma de nuestro paso con una claridad casi incómoda.

No hace falta imaginar a un planeta con ojos. Basta con ver que todo lo que hacemos queda inscrito en algún lugar. En el hielo, en el fondo de los lagos, en las rocas que se están formando ahora mismo.

La adolescencia es la primera etapa en la que se puede intervenir el propio cuerpo. Teñirse el pelo, tatuarse, entrenar hasta cambiar de forma, dejar de comer, probar sustancias. Muchas de esas intervenciones son exploración, búsqueda de identidad, una manera de decir: este cuerpo también es mío. Algunas dejan marcas que duran toda la vida.

Como especie estamos en algo parecido, solo que el cuerpo que intervenimos es el de la vida entera. Tenemos herramientas para cambiar genomas, ecosistemas, el clima. Lo que todavía estamos aprendiendo es a medir qué marcas queremos dejar.

Vuelvo a la manzana. Pero me quedo con la imagen. Una fruta cortada que no muestra su herida.

¿Cuántas otras señales de daño hemos aprendido a silenciar? En los suelos, en los ríos, en nuestros propios cuerpos.

Quizá debamos dejar que algunas cosas se pongan marrones. Y mirarlas.


Esta reflexión cruza tres capítulos de HUMANIDAD I  Una especie adolescente: el 9, «Intervenir lo vivo: genética, ecosistemas, cuerpos»; el 16, «El cuerpo colectivo: la especie como organismo», y el 17, «La Tierra como organismo que observa». Allí está el resto del camino.
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