El teléfono de alguien que ya no está

Sobre la muerte y lo que una especie necesita dejar atrás para crecer.

Quien ha tenido que ocuparse del teléfono de alguien que murió conoce esa sensación. El aparato sigue funcionando. Se queda en un cajón o encima de una mesa y, de vez en cuando, se ilumina. La máquina no sabe nada. Sigue haciendo lo que se le pidió. Para ella, todo el mundo está siempre a punto de volver a conectarse.

Hemos construido un mundo digital entero como si nadie fuera a morirse. Las cuentas no caducan. Los perfiles siguen ahí, quietos, acumulando años. Un estudio de la Universidad de Oxford calculó que, antes de que termine este siglo, en algunas redes sociales podría haber más perfiles de personas muertas que de personas vivas. Una red de fantasmas que nadie diseñó a propósito.

Me parece un buen espejo de algo más amplio. Nuestra cultura lleva bastante tiempo esforzándose por apartar la muerte de la vista. La sacamos de las casas y la llevamos a los hospitales. Usamos palabras suaves para nombrarla. Admiramos la juventud como si fuera un estado al que se puede volver con suficiente esfuerzo. Y algunas de las fortunas más grandes del mundo invierten hoy en investigaciones que prometen alargar la vida indefinidamente o copiar una mente en una máquina.

Querer vivir más es completamente humano. La dificultad para mirar a la muerte de frente también.

En la adolescencia esto se nota mucho. La muerte parece algo que les pasa a otros, o a uno mismo en un futuro tan lejano que da igual. Por eso a esa edad se corren riesgos que un adulto no correría. Hay una sensación de margen infinito. Todo puede repetirse. Todo tiene arreglo.

Me pregunto si como especie no estaremos ahí. Las especies también terminan. Los mamíferos suelen durar en torno a un millón de años, y la nuestra lleva unos trescientos mil. Pero actuamos como si esa posibilidad no existiera. Como si la Tierra fuera a soportar cualquier cosa. Como si siempre hubiera un después en el que arreglarlo todo.

Hay otra forma de pensar en el final, y viene de lejos.

A principios del siglo XX, el antropólogo Arnold van Gennep estudió los ritos de paso de muchas culturas y vio en ellos una estructura parecida. Primero, una separación: dejas atrás tu lugar de siempre. Después, un tiempo intermedio, un umbral en el que ya no eres lo que eras y todavía no eres lo siguiente. Al final, un regreso con otra identidad.

En muchos ritos de iniciación, ese umbral incluía una muerte simbólica. El niño moría para que pudiera nacer el adulto. Algo tenía que terminar de verdad para que lo nuevo tuviera sitio.

Quizá algunas de las crisis que atravesamos ahora funcionen así. Como un umbral. Como el momento en que una forma de vivir, y una cierta idea de nosotros mismos, tienen que acabar para que otra pueda empezar. Sin garantías. Los ritos también podían salir mal.

En el libro, justo después del capítulo 15, hay un poema. Empieza así:

El agua no avisó.

Llegó despacio, como llegan todas las cosas que van a cambiarlo todo.

Primero cubrió los caminos. Luego los umbrales. Luego las palabras que habíamos usado durante generaciones para decir dónde estábamos y adónde íbamos.

Me quedé parada en el borde mirando lo que el agua se llevaba.

Los mapas. Los nombres de los lugares. Las instrucciones que habíamos heredado sobre cómo comportarse, qué temer, a quién obedecer, qué significaba crecer.

Todo flotando.

Todo yéndose.

Y entonces tuve que elegir. Elegir qué cargar. Qué llevar en las manos cuando el agua terminara de subir y hubiera que empezar a nadar.

No lo supe en ese momento.

Todavía no lo sé.

Pero hay algo. Algo que no flota, algo que pesa de otra manera. Algo que no heredé, algo que encontré — o que me encontró a mí — en el momento en que los mapas ya no alcanzaban.

No tiene nombre todavía.

Lo reconoceré cuando el agua baje.

Lo puse ahí porque llegados a ese punto el ensayo se me quedaba corto. Hay cosas que se pueden explicar, y otras que piden otro lenguaje. La muerte, el paso, el miedo a lo que viene, pertenecen más bien a las segundas. El agua, en toda la trilogía, es eso: lo que llega sin pedir permiso, arrasa y, a veces, también deja la tierra lista para otra cosa.

Vuelvo al teléfono del cajón.

Un día, alguien decide apagarlo. O cerrar la cuenta. O dejar el perfil como memorial, con su nombre y sus fotos, y que se quede quieto de una forma más honesta. Es un gesto pequeño y cuesta muchísimo. Hacerlo significa aceptar que esa persona no va a volver a escribir.

Creo que crecer tiene que ver con aprender esos gestos. Con saber cuándo algo ha terminado y despedirlo con cuidado, sin fingir que sigue ahí.

A una especie también le llegará el momento de apagar algunas pantallas.

Ojalá sepamos hacerlo antes de que el agua avise por nosotros.


Esta reflexión cruza dos capítulos de HUMANIDAD I  Una especie adolescente: el 14, «Finitud: lo que la especie no quiere mirar», y el 15, «Crisis como rito de paso». Allí estas preguntas tienen más espacio.
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