Vivimos como si el cuerpo no tuviera límites

Sobre el cansancio, la velocidad y nuestra dificultad para aceptar que somos seres vivos.
¿Cuántas veces has seguido trabajando cuando tu cuerpo te estaba pidiendo que pararas?
Me llama la atención lo mucho que nos cuesta escuchar algo tan sencillo como el cansancio. Dormimos menos de lo que necesitamos, comemos deprisa, pasamos horas sentados delante de una pantalla y llenamos nuestras agendas hasta que apenas queda espacio para respirar.
Y cuando el cuerpo empieza a protestar, buscamos la manera de seguir.
Un café más. Algo para mantenernos despiertos. Una aplicación que nos ayude a organizar mejor el tiempo. Otra que nos recuerde levantarnos, beber agua o descansar los ojos! increíble.
Hemos llegado a necesitar que una máquina nos recuerde algunas de las cosas más elementales de estar vivos. Absurdo verdad?
Durante millones de años, nuestros cuerpos evolucionaron en relación con los ciclos de luz y oscuridad, el movimiento, la disponibilidad de alimentos, el descanso y las condiciones del entorno. Ahora intentamos hacerlos funcionar dentro de horarios y exigencias que cambian mucho más rápido que nuestra biología.
Y lo sorprendente es hasta qué punto hemos normalizado esa desconexión.
Admiramos a quien parece capaz de hacerlo todo. A quien duerme poco, trabaja mucho, responde mensajes a cualquier hora y siempre encuentra tiempo para un proyecto más. El agotamiento se ha convertido incluso en una forma de demostrar que somos importantes, que estamos haciendo algo con nuestra vida.
Me preocupa que hayamos terminado confundiendo nuestra capacidad de exigirle más al cuerpo con la posibilidad de hacerlo indefinidamente.
Porque el cuerpo tiene límites. Necesita dormir, recuperarse, alimentarse, moverse. Enferma, envejece y, tarde o temprano, muere. Podemos ampliar algunas de sus capacidades gracias a la medicina y la tecnología, y eso es extraordinario, realmente estoy agradecida por ello. Pero seguimos dependiendo de procesos biológicos que no podemos acelerar a voluntad.
Y creo que nuestra relación con el cuerpo dice mucho de nuestra relación con el planeta. También a la Tierra le exigimos producir más, sostener más actividad, absorber más residuos. Cuando aparecen señales de deterioro, buscamos nuevas maneras de mantener el ritmo. Confiamos en que la siguiente innovación nos permitirá continuar.
La tecnología puede ayudarnos a resolver muchos de estos problemas. Pero me inquieta que hayamos adquirido tanta habilidad para superar límites concretos y tan poca disposición para preguntarnos cuáles necesitamos respetar.
Hay algo profundamente humano en querer ir más lejos. En intentar curar lo que antes era incurable, ampliar nuestras posibilidades, vivir más y mejor. Yo tampoco querría renunciar a todo lo que hemos conseguido.
Lo que me preocupa es esa sensación de que nunca basta. Siempre podemos hacer un poco más, producir un poco más, llegar un poco más lejos.
Y mientras tanto, seguimos habitando un cuerpo que necesita cerrar los ojos cada noche.
Creo que aprender a reconocer nuestros límites forma parte de la madurez. También cuando hablamos de nuestra especie. Sobre todo ahora, que tenemos medios para ignorar durante bastante tiempo las señales de que algo está dejando de funcionar.
El cansancio, al menos, todavía sabe hacerse escuchar.
Ojalá aprendiéramos a prestarle atención antes de llegar al agotamiento.
Esta reflexión forma parte de las cuestiones que desarrollo con mayor profundidad en HUMANIDAD I — Una especie adolescente, un ensayo sobre el poder que hemos adquirido y nuestra capacidad colectiva para gobernarlo.