Carta a alguien que nacerá en 2100

Sobre lo que heredamos, lo que dejamos y lo difícil que es escribirle a quien todavía no existe.
A quien nazca en 2100:
No sé cómo te llamas. No sé en qué idioma vas a leer esto, ni si lo leerás en algo parecido a una pantalla. No sé dónde vives, ni qué clima hace en tu ciudad, ni si la palabra «ciudad» sigue significando lo mismo.
Sé algunas cosas, pocas. Que alguien que hoy tiene cinco años podría tenerte en brazos. Que vas a respirar un aire que estamos decidiendo ahora. Y que vas a heredar, como todos, cosas que no elegiste.
Yo también heredé muchas.
Heredé el fuego, que alguien aprendió a encender hace muchísimo tiempo sin dejar su nombre. Heredé un idioma, con palabras que pulieron millones de bocas antes que la mía. Heredé el pan, las medicinas, la escritura, algunas canciones que todavía se cantan en las cocinas. Heredé la costumbre de hacer preguntas, que es quizá lo mejor que me dejaron.
También heredé guerras que empezaron antes de que naciera. Fronteras trazadas por gente que nunca vivió en ellas. Deudas, prejuicios, miedos que no eran míos y que tardé años en reconocer como ajenos.
Nadie elige su herencia. Se recibe entera, lo bueno y lo otro mezclado, y luego cada generación hace lo que puede con ella.
Te escribo porque, en tu caso, sabemos bastante de lo que te vamos a dejar.
Parte del carbono que lanzamos hoy al aire seguirá ahí cuando nazcas, y seguirá cuando tus nietos sean viejos. Los plásticos que fabricamos estarán en el fondo de los mares y en las capas de tierra que pises. Habrá residuos nucleares enterrados en lugares como Finlandia, en túneles excavados en la roca, que tendrán que permanecer aislados durante decenas de miles de años.
Durante un tiempo, algunos científicos discutieron en serio cómo avisar del peligro a personas que vivirán dentro de diez mil años, cuando quizá ninguno de nuestros idiomas se entienda. Pensaron en símbolos, en esculturas inquietantes, en mitos que se transmitieran de generación en generación. Hubo hasta quien propuso criar gatos que cambiaran de color cerca de la radiactividad, para que las canciones y los cuentos enseñaran a temerlos.
Me conmueve y me avergüenza a la vez. Que fuéramos capaces de pensar con tanto cuidado en ti, y al mismo tiempo de dejarte algo así.
No todo será eso, te lo prometo.
En una montaña helada de Noruega hay una bóveda con más de un millón de muestras de semillas de todo el mundo. Alguien pensó que, si algún día se pierden cultivos, convendría tener cómo empezar otra vez. Hay bibliotecas, archivos, música grabada. Hay medicinas que curan lo que a nuestros abuelos los mataba. Hay gente ahora mismo trabajando para que respires mejor de lo que respiramos nosotros.
Quizá cuando leas esto te rías de algunos de nuestros miedos. Ojalá. Quizá otros se hayan cumplido y nos mires con razón algo enfadada. También lo entendería.
Lo que me gustaría que supieras es que muchos sabíamos. No todo, pero bastante. Lo sabíamos y nos costó actuar a tiempo. Teníamos muchísimo poder y poca costumbre de pensar en quienes vendrían. Éramos, como especie, bastante jóvenes. Impulsivos. Con prisa. Con miedo a perder lo que teníamos.
No te lo digo para excusarnos. Te lo digo porque una herencia se entiende mejor cuando se sabe quién la dejó y en qué estado estaba.
Si pudiera elegir una sola cosa para dejarte, sería la costumbre de mirar más lejos. La de preguntarse, antes de hacer algo, a quién va a alcanzar. Hay pueblos que la tuvieron durante siglos. Nosotros la perdimos por el camino, entre tanta velocidad.
Ojalá tú la recuperes. Y ojalá, cuando te toque escribirle a alguien que nacerá en 2200, tengas menos cosas que explicar.
Con cariño, y con algo de vergüenza y culpa,
alguien de 2026
Esta reflexión parte del capítulo 13 de HUMANIDAD I Una especie adolescente, «Lo que heredamos, lo que legaremos». Allí sigue esta conversación, con más preguntas que respuestas.
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