Hemos llegado hasta aquí

Sobre el poder que hemos adquirido y lo que todavía estamos aprendiendo a hacer con él.
Hace apenas unas generaciones, la mayor parte de nuestros antepasados vivía en un mundo donde muchas de las cosas que hoy hacemos a diario habrían resultado difíciles de imaginar.
Podemos hablar con alguien al otro lado del planeta mientras caminamos por la calle. Podemos observar el interior de una célula, modificar organismos, construir máquinas que aprenden a reconocer patrones y enviar instrumentos a explorar otros mundos.
Nos hemos acostumbrado tan rápidamente a estas posibilidades que apenas nos detenemos a pensar en ellas. ¿No te resulta extraño ésto?
Una tecnología que ayer parecía extraordinaria hoy nos irrita si tarda unos segundos en responder. Tenemos acceso a más información de la que podríamos leer en varias vidas y, aun así, nos cuesta saber qué creer. Podemos comunicarnos con millones de personas y seguimos teniendo dificultades para entendernos con quienes viven a nuestro lado.
Y algo que me da escalofrios de solo pensarlo, nuestra capacidad de intervenir en el mundo ha crecido a una velocidad impresionante. Pero la capacidad de anticipar las consecuencias de nuestras intervenciones parece avanzar con más dificultad.
Lo vemos en nuestra relación con el planeta. Hemos desarrollado medios extraordinarios para extraer energía, producir alimentos, transportar mercancías y transformar territorios. Ahora algunos intentan comprender cómo sostener todo eso sin deteriorar las condiciones de las que dependemos. Otros evitan mirarlo de frente y dejan el problema para la proxima generacion.
También ocurre con la tecnología digital. Creamos herramientas para comunicarnos, aprender y compartir conocimiento. Después descubrimos que podían alterar nuestra atención, nuestras relaciones y hasta la manera en que construimos una idea de la realidad.
Y quizá lo más desconcertante sea que seguimos siendo, en muchos aspectos, los mismos seres humanos. Necesitamos pertenecer. Buscamos reconocimiento. Tenemos miedo a perder lo que amamos. Nos cuesta renunciar a una recompensa inmediata, aceptar nuestros errores o convivir con quienes ven el mundo de otra manera.
Llevamos dentro una historia evolutiva larguísima y habitamos un entorno que cambia en cuestión de años.
A veces pienso en lo que significa crecer.
Durante la adolescencia, una persona descubre nuevas capacidades antes de haber aprendido del todo a manejarlas. Experimenta, se equivoca, busca autonomía, necesita a los demás mientras intenta diferenciarse de ellos. Hay una enorme potencia en esa etapa, y también una vulnerabilidad particular.
Me pregunto si esa imagen puede ayudarnos a comprender algo de nuestro presente colectivo. Naturalmente, una especie no tiene un cerebro adolescente ni atraviesa etapas psicológicas como las personas. Somos miles de millones de individuos, sociedades y generaciones diferentes. La comparación tiene límites.
Pero hay algo que merece ser explorado en esa distancia entre lo que podemos hacer y lo que sabemos gestionar.
Hemos llegado a un momento en el que algunas de nuestras decisiones afectan a personas que todavía no han nacido. Podemos modificar procesos que tardaron millones de años en formarse. Y muchas de esas decisiones siguen estando atravesadas por impulsos bastante antiguos: el miedo, la competencia, la necesidad de reconocimiento, el deseo de tener más.
Creo que una parte fundamental de nuestra maduración como especie pasa por aprender a convivir con el poder que hemos adquirido. No sabemos si llegaremos a hacerlo. Por ahora, estamos aquí, con un poder que nuestros antepasados apenas podían imaginar y con muchas de sus preguntas todavía abiertas.
Y con una nueva, que empieza a hacerse difícil de esquivar:
¿Qué significaría madurar como especie?
Esta reflexión forma parte de las preguntas que exploro con mayor profundidad en HUMANIDAD I Una especie adolescente, un ensayo sobre el poder que hemos adquirido y nuestra capacidad colectiva para gobernarlo.