El grupo familiar

Sobre las historias que compartíamos, las tribus que formamos y lo difícil que se ha vuelto hablar entre quienes se quieren.
Casi todo el mundo tiene uno.
Se llama «Familia», o lleva el apellido, o un emoji de una casita, y ya nadie recuerda quién lo creó. Ahí llegan las fotos de los cumpleaños, los audios de la tía que siempre habla demasiado cerca del micrófono, el «¿ya llegaste?» después de un viaje.
Y un día alguien reenvía un vídeo.
No hace falta decir de qué trata. Ya sabes cómo sigue. Un comentario. Otro un poco más seco. Un silencio de varias horas en un chat que normalmente no para. Alguien manda una foto del perro, como quien abre una ventana para ventilar. Y a partir de ahí, sin que nadie lo diga en voz alta, queda una regla nueva: de eso aquí no se habla.
Muchos grupos familiares funcionan así ahora. Con una lista invisible de temas prohibidos que va creciendo. La política, claro. Pero también las vacunas, la inmigración, el clima, a veces hasta la comida. Hay familias que se quieren mucho y que han aprendido a quererse esquivando media conversación.
Me pregunto cuándo empezó a ser tan difícil.
Durante mucho tiempo, una familia compartía bastante más que la sangre. Veía las mismas noticias a la hora de cenar. Leía el mismo periódico, o como mucho dos. Iba a la misma iglesia, o discutía con la misma iglesia, que también es una manera de compartirla. Podías estar en desacuerdo con tu cuñado, claro. Se discutía qué hacer con lo que pasaba. Lo que pasaba, más o menos, era lo mismo para todos.
Esas historias compartidas sostenían mucho. Explicaban de dónde veníamos, qué estaba bien, hacia dónde íbamos. Algunas eran injustas, otras eran falsas, y muchas dejaban fuera a demasiada gente. Pero hacían posible algo muy básico: sentarse a la misma mesa con una idea parecida de lo que había encima.
Hoy cada miembro de la familia llega al grupo desde un lugar distinto. El padre, desde la radio de siempre. La hija, desde vídeos de treinta segundos. El tío, desde ese canal que nadie más sigue. Cada uno con su pantalla, su algoritmo, sus fuentes. Y cada una de esas pantallas cuenta una historia bastante coherente por dentro. El problema empieza cuando esas historias se encuentran en el mismo chat.
Somos una especie que vivió casi toda su historia en grupos pequeños. Pertenecer era cuestión de supervivencia. Quedarse fuera podía significar morir. Por eso estamos tan atentos a las señales de pertenencia: cómo hablamos, qué creemos, a quién defendemos. Esa sensibilidad nos acompaña desde hace muchísimo tiempo.
En la adolescencia se nota enseguida. Hay una etapa en la que el grupo de amigos lo es todo. Te vistes como ellos, escuchas lo que escuchan, piensas parecido. Separarte de tu familia pasa, muchas veces, por pertenecer a otra tribu. Y tiene sentido. Es una forma de ensayar quién eres lejos de casa.
Lo llamativo es ver esa misma lógica funcionando a escala de sociedades enteras.
Tribus que se reconocen por un puñado de palabras. Por un símbolo en el perfil. Por lo que repiten y por lo que se niegan a escuchar. Dentro, una sensación cálida de estar con los tuyos. Fuera, gente que parece no entender nada, o peor, gente que parece mala. Y cuanto más tiempo pasa cada tribu dentro de su propia historia, más extraño resulta todo lo demás.
El grupo familiar es uno de los pocos sitios donde todavía coinciden personas de tribus distintas. Gente que no se ha elegido. Con pantallas diferentes y la misma abuela.
Quizá por eso duele tanto cuando se rompe. Y quizá por eso también tiene algo valioso, aunque resulte incómodo.
Hay familias que abandonan el grupo en silencio. Otras crean un segundo grupo, sin el tío. Otras sobreviven a base de fotos de bebés, recetas y el perro durmiendo en el sofá, y eso ya es bastante.
Pienso a menudo en esa foto del perro. En la persona que la manda justo después de la discusión. Me parece un gesto pequeño y bastante sabio. Recuerda que todavía queda algo en común, aunque sea un animal dormido.
Las grandes historias que nos sostenían se están deshaciendo, y no sabemos bien qué vendrá después. Puede que tardemos en encontrar otra que nos sirva a todos. Puede que no vuelva a existir de la misma manera. Mientras tanto, quizá una parte de crecer como especie consista en aprender a sentarse con quien vive dentro de otra historia. Sin intentar convencerlo. Sin salirse del grupo.
Seguramente eso no arregla nada a gran escala.
Pero alguien tiene que mandar la foto del perro.
Esta reflexión cruza dos capítulos de HUMANIDAD I — Una especie adolescente: el 5, «Las historias que nos sostienen: narrativa colectiva en crisis», y el 11, «La adolescencia colectiva: vínculos, tribus y polarización». Allí los desarrollo con más calma. Si te interesa ampliar aquí te dejo el libro.
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