Resumirse en 160 caracteres

Sobre la identidad, los espejos que responden y lo difícil que es decir quién somos mientras seguimos cambiando.
Hace poco tuve que escribir la descripción de mi Substack. Unas pocas líneas. Parece poca cosa, ¿verdad?
Me costó bastante más de lo que esperaba.
Escribí, borré, volví a escribir. Al final quedó esto:
Un espacio donde dialogan ciencia y espiritualidad, filosofía y teoría de sistemas, tecnología y neurociencia. Libros, música, talleres y cortometrajes para explorar la experiencia humana.
Ciento ochenta y tantos caracteres. Me pasé un poco de los ciento sesenta clásicos de una biografía, y aun así tenía la sensación de que faltaba casi todo.
Releyéndola unos días después me fijé en algo que me hizo gracia. Yo no salgo por ningún lado. Describí la casa, lo que se hace dentro, quién conversa con quién… y me quedé fuera. Quizá porque es más fácil decir a qué te dedicas que decir quién eres. O porque lo que una es cambia más deprisa que lo que una hace.
Eso fue lo que me quedó dando vueltas. Elegir de entre todo lo que somos la parte que conviene enseñar. Y dejarla ahí fija, como si fuera a seguir siendo verdad la semana siguiente.
Durante mucho tiempo, la mayoría de la gente casi nunca tuvo que presentarse ante desconocidos. Te conocían en el pueblo, en el barrio, en el trabajo. Sabían de quién eras hija, a qué te dedicabas, cómo te habías portado aquella vez. Tu identidad la sostenían los demás. A veces de una forma bastante asfixiante, también hay que decirlo, porque escapar de lo que pensaban de ti costaba muchísimo.
Ahora nos presentamos todo el rato. En cada red, en cada aplicación, en cada currículum. Elegimos una foto, una frase, unos intereses. Y lo hacemos delante de personas que no nos han visto nunca.
Me acuerdo de la adolescencia como de una época de probarse cosas. Una forma de vestir, una música, una manera de hablar. Muchas no duraban ni un verano. Y menos mal. Te ponías algo encima, veías cómo te quedaba y, si no era tuyo, te lo quitabas. Así, a base de ensayos, se va armando una persona.
La diferencia es que antes casi nadie guardaba registro de esos ensayos. Había pocas fotos y estaban en un cajón. Hoy un adolescente se prueba identidades delante de cientos de personas, y todo queda archivado. Las versiones que ya no somos siguen ahí, con fecha.
Y luego está el espejo.
Antes había uno en el baño, quizá otro en la puerta del armario. Te mirabas un momento y seguías con tu día. Ahora llevamos uno en el bolsillo que, además, contesta. Subes una imagen y el mundo te devuelve una cifra. Conozco a poca gente capaz de no mirarla.
Creo que ninguna generación se ha visto tanto a sí misma. Y sospecho que eso tiene efectos que todavía no entendemos bien.
El espejo del baño te devuelve lo que hay. El del bolsillo te lo devuelve multiplicado por la reacción de los demás. Si una versión de ti recibe más atención, es fácil acabar enseñándola más. Y si la enseñas más, poco a poco puede ir ocupando más sitio también por dentro.
Hay quien ya no quita el filtro. Al principio lo usaba de vez en cuando, por jugar. Luego un poco más. Y un día la cara sin filtro empieza a parecerle la equivocada. No sé si eso es grave o simplemente nuevo. Seguramente depende de la persona. Seguramente las dos cosas.
A veces pienso que, como especie, también tuvimos que escribir nuestra pequeña biografía. Nos pusimos de nombre Homo sapiens. El humano que sabe. Dos palabras, y bastante ambiciosas. Me hace algo de gracia que fuéramos precisamente nosotros quienes eligiéramos describirnos así.
Y en los últimos dos siglos hemos cambiado tanto lo que hacemos, y lo que somos capaces de hacer, que tampoco está claro qué pondríamos ahora. ¿Somos los que fueron a la Luna? ¿Los que calentaron el planeta? ¿Los que inventaron las imprentas, las bombas, internet?
Todo eso a la vez, supongo. Un poco como cualquier adolescente que todavía no sabe qué parte de sí misma se va a quedar.
Tener una identidad a medio hacer me parece de lo más normal. Lo complicado es construirla delante de un espejo que amplifica cada gesto, en un mundo que cambia más deprisa de lo que tardamos en acostumbrarnos a él.
Supongo que una parte de madurar consiste en aceptar que ninguna descripción va a ser del todo cierta. Que podemos escribir algo provisional y dejarlo así, sin tanto miedo a equivocarnos. Y que lo que más importa de nosotros probablemente no cabe en ciento sesenta caracteres.
Ni falta que hace.
Esta reflexión cruza dos capítulos de HUMANIDAD I — Una especie adolescente: el 4, «Identidad en construcción: quién soy cuando todo cambia», y el 8, «Tecnología digital: el espejo que amplifica». Allí los desarrollo con más calma. Si te interesa ampliar aquí está el libro.
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