LAS SEIS VENTANAS

Había una casa con seis ventanas. Cada una daba al mismo jardín. Y sin embargo, lo que se veía desde cada una era completamente distinto.

Desde la primera ventana el jardín era geometría. Líneas, ángulos, proporciones. Las flores podían contarse. Las ramas medirse. El viento calcularse en metros por segundo. Era un jardín que podía comprenderse, archivarse, reproducirse en un papel.

Quien vivía en esa habitación sabía exactamente cuántos pétalos tenía cada rosa.

Pero nunca había olido ninguna.

Desde la segunda ventana el jardín era símbolo. El árbol más alto era el padre. La fuente en el centro era el origen. Las raíces que crecían hacia adentro de la tierra eran los miedos que no querían verse. Nada era solo lo que parecía. Todo significaba otra cosa.

Quien vivía en esa habitación encontraba sentido en cada detalle.

Pero a veces ya no sabía si miraba el jardín o el interior de sí mismo.

Desde la tercera ventana el jardín no tenía nombre. Era pura presencia. La luz cayendo sobre las hojas sin ser clasificada. El sonido del agua sin ser interpretado. Nada llegaba ni se iba. Todo simplemente era.

Quien vivía en esa habitación conocía una paz que las palabras no podían tocar.

Pero había olvidado que también tenía hambre.

Desde la cuarta ventana el jardín tenía propósito. Cada planta crecía hacia algo. Cada estación cumplía una función dentro de un orden más grande. Había una dirección en todo — no impuesta sino inherente. Como si el jardín supiera hacia dónde quería ir aunque nadie se lo hubiera dicho.

Quien vivía en esa habitación sentía que su vida también tenía esa dirección.

Pero a veces romantizaba el invierno cuando simplemente hacía frío.

Desde la quinta ventana no había jardín separado. Había un solo movimiento que incluía las flores y quien las miraba, la luz y el ojo que la recibía, el tiempo y la conciencia que lo habitaba. La separación era una ilusión útil. En el fondo todo era lo mismo respirando de distintas maneras.

Quien vivía en esa habitación sentía una expansión que no cabía en el cuerpo.

Y ahí estaba el problema.

La sexta ventana era diferente.

No daba al jardín. Era el jardín el que entraba por ella.

El olor de la tierra mojada después de la lluvia. El peso de una fruta madura. El dolor de una espina. El calor de la luz en la piel en una tarde de verano.

Quien vivía en esa habitación no podía explicar el jardín.

Pero podía sostenerlo entre las manos.

Un día alguien abrió todas las ventanas al mismo tiempo.

Fue un accidente — o quizá el jardín mismo lo provocó.

Por un momento el jardín fue simultáneamente geometría y símbolo, presencia y propósito, unidad y peso. El olor de la tierra entró junto con la conciencia de que ese olor era también una ecuación química, también un arquetipo, también una manifestación de algo que no tenía nombre.

Duró poco.

Las ventanas volvieron a cerrarse, una a una, como siempre hacen.

Pero quien estuvo en esa habitación cuando todas estaban abiertas supo algo que antes no sabía:

El jardín nunca cambió.

Solo cambiaba la cantidad de ventanas desde las que se lo miraba.

Y cada vez que se abría una más, el jardín no se hacía más complicado.

Se hacía más real.


Para seguir pensando

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