El duelo ontológico

Qué sentimos cuando no solo cambia nuestra vida, sino la forma en que comprendemos la realidad.

Hay pérdidas que no aparecen en los certificados de defunción. No implican la muerte de una persona, el final de una relación ni el cierre de una etapa. Y, sin embargo, transforman profundamente nuestra vida porque lo que desaparece no es alguien ni algo, sino la realidad desde la que habíamos aprendido a vivir.

Durante años caminamos sobre un suelo que nunca cuestionamos. Construimos nuestra identidad, nuestras relaciones y nuestros proyectos dando por hecho que el mundo era de una determinada manera. No pensábamos en ese suelo porque simplemente estaba ahí, sosteniendo cada decisión y cada certeza. Hasta que un día algo ocurre. A veces es una enfermedad, el nacimiento de un hijo, una conversación inesperada, una experiencia contemplativa o un descubrimiento científico. De pronto comprendemos algo que reorganiza nuestra mirada y, aunque el mundo siga pareciendo el mismo, ya no podemos habitarlo como antes.

Lo curioso es que la comprensión cambia mucho más rápido que el resto de nosotros. La mente puede reorganizar una idea en unos minutos; el cuerpo, las emociones y la identidad necesitan mucho más tiempo. Mientras intentan alcanzar esa nueva comprensión aparece una sensación difícil de nombrar. No es exactamente tristeza, ni ansiedad, ni miedo. Es el vértigo que produce descubrir que el mundo en el que vivíamos ya no existe.

A esa experiencia podríamos llamarla duelo ontológico.

No lloramos únicamente la pérdida de una persona o de una historia. Lloramos la desaparición de una forma de comprender la realidad. Por eso algunos cambios profundamente deseados también vienen acompañados de dolor. Hay quien encuentra el amor y, sin embargo, atraviesa una tristeza inesperada. Hay quien descubre una nueva manera de comprenderse y pasa meses sintiéndose desorientado. Porque toda reorganización profunda implica también una despedida.

Nuestra cultura ha aprendido a reconocer algunos duelos, pero permanece casi ciega frente a otros. Sabemos acompañar la muerte de un ser querido, una separación o la pérdida de un trabajo. Sin embargo, apenas hablamos del duelo que aparece cuando una certeza deja de sostener el mundo. Y quizá sea uno de los más difíciles de atravesar, precisamente porque casi nunca sabemos ponerle nombre.

Durante ese tiempo vivimos suspendidos entre dos formas de mirar. Las antiguas respuestas dejan de convencernos y las nuevas todavía no han nacido. Queremos llenar ese espacio cuanto antes con otra explicación, otra identidad o una nueva certeza, porque el vacío nos resulta insoportable. Sin embargo, ese vacío no es un error. Es el espacio que necesita la realidad para reorganizarse dentro de nosotros.

Con los años también ha cambiado mi forma de mirar las emociones. Antes pensaba que el miedo era un obstáculo, la tristeza una señal de fracaso y la incertidumbre un problema que debía resolverse cuanto antes. Hoy para mi cumplen otra función. No vienen a impedir el cambio. Vienen a darle tiempo al cuerpo para alcanzar una verdad que la mente ya ha comprendido.

Entender una idea puede llevar unos segundos. Convertirse en esa idea puede llevar años. Entre ambas cosas existe un territorio silencioso que pocas veces sabemos reconocer. Quizá el duelo ontológico sea precisamente ese territorio: el tiempo que necesita una vida para reorganizarse cuando el mundo deja de ser el mismo.


Para seguir pensando

Esta pregunta continúa en Coherencia, una exploración sobre lo que ocurre cuando nuestros marcos para comprender la realidad comienzan a quedarse pequeños.

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