El ojo que mira también evoluciona

¿Cómo cambia el mundo cuando cambia la conciencia que lo observa?

Miramos el mismo cielo que miraron quienes pintaron bisontes en las cuevas. Las mismas estrellas. La misma Luna. El mismo Sol. Y, sin embargo, no vemos el mismo universo.

El universo no ha cambiado, nosotros si.

Imaginamos la historia del conocimiento como una larga acumulación de descubrimientos. Primero aprendimos a cultivar. Después a escribir. Más tarde aparecieron la filosofía, la ciencia, la tecnología. Como si la humanidad hubiera ido añadiendo piezas a un mismo rompecabezas o paginas a un libro.

Hoy empezamos a verla de otra manera.

Cada gran transformación no añadió solamente conocimiento. Transformó al observador.

El lenguaje permitió imaginar aquello que no estaba presente. La escritura cambió la forma de organizar el pensamiento. La ciencia moderna nos enseñó a separar, medir y analizar. Internet reorganizó nuestra relación con la información.

Cada una de esas transformaciones modificó la arquitectura misma de la percepción.

El ojo que mira también evoluciona.

Y cuando cambia el observador, cambia el mundo que puede aparecer ante él.

Los átomos no comenzaron a existir cuando fueron descubiertos. Las bacterias tampoco. La gravedad no nació con Newton.

Siempre estuvieron ahí.

Lo que apareció fue una conciencia capaz de reconocerlas.

La historia de la ciencia también es la historia de nuestra propia transformación.

Hay algo profundamente humilde en esta idea. Cada época creyó haber alcanzado una descripción definitiva de la realidad. Cada época descubrió después que solo estaba viendo aquello que podía ver.

Eso no convierte a nuestros antepasados en ingenuos.

Nos convierte a nosotros en provisionales.

Quizá dentro de algunos siglos mirarán nuestra época con la misma mezcla de admiración y desconcierto con la que hoy observamos el pasado. Verán cosas que para nosotros todavía resultan invisibles. Y probablemente se preguntarán cómo pudimos vivir sin percibirlas.

Ahora parece que estamos atravesando uno de esos momentos. Porque está cambiando la forma en que organizamos todo el conocimiento anterior.

La realidad comienza a parecer menos una colección de objetos y más una red de relaciones. La inteligencia deja de entenderse como una propiedad exclusivamente humana. La conciencia vuelve a convertirse en una pregunta legítima para la ciencia. La información empieza a ocupar un lugar tan fundamental como antes ocupaba la materia.

Son síntomas de una mutación perceptiva.

Eso explica una sensación compartida por muchas personas. La intuición de que los mapas antiguos ya no alcanzan. Porque fueron construidos para otra forma de mirar.

Toda transición importante produce desorientación. Ocurrió con la escritura. Con la imprenta. Con la revolución científica.

Está ocurriendo otra vez.

Vivimos entre dos maneras de comprender el mundo. Todavía pensamos con categorías heredadas mientras aprendemos, lentamente, un nuevo lenguaje.

Quizá esa sea una de las experiencias más extraordinarias de nuestro tiempo. Ser conscientes de que la conciencia está cambiando. No observar únicamente la historia. Observar cómo cambia el observador que la hace posible.

Y participar, mientras ocurre, de una de las pocas ocasiones en las que una especie reorganiza la forma en que percibe la realidad.

Porque la historia de la conciencia nunca fue la historia del mundo. Siempre fue la historia del ojo que aprendía a verlo.


Para seguir pensando

Esta pregunta forma parte de Coherencia, donde la desarrollo dentro de una investigación más amplia sobre percepción, conciencia, información y cambio de paradigma.

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