¿Y si existir no fuera un accidente?

La pregunta más antigua de la filosofía empieza a recibir nuevas respuestas desde la física, las matemáticas y la teoría de la información.

Nos acostumbramos a pensar que el universo simplemente ocurrió.

Hubo un Big Bang. Se formaron las estrellas. Aparecieron los planetas. La vida. Y, mucho después, nosotros.

Dentro de esa historia había una idea silenciosa: podríamos no haber existido.

Todo parecía el resultado de una enorme casualidad. Pero, cuanto más leía sobre física, matemáticas y teoría de la información, más me sorprendía descubrir que algunos investigadores estaban empezando a recorrer el camino contrario.

No preguntaban cómo apareció el universo.

Preguntaban…

¿Es posible que la nada absoluta nunca haya sido una posibilidad?

La pregunta parece filosófica. Pero tiene consecuencias muy concretas. Porque si la nada absoluta es imposible, entonces la existencia deja de ser una excepción.

Empieza a parecer una consecuencia.

Intentar imaginar la nada resulta mucho más difícil de lo que parece. Probemos…No es un espacio vacío. No es oscuridad. No es silencio.

Porque un espacio ya es algo. La oscuridad también. El silencio también.

La nada absoluta implicaría la ausencia incluso de la posibilidad de distinguir una cosa de otra. Y ahí aparece una paradoja.

En el momento en que intentamos pensar la nada, ya la hemos convertido en algo. Le hemos dado un lugar en nuestro pensamiento. La hemos distinguido de la existencia.

¿por qué dimos por hecho que la nada era una alternativa posible?.

Lo interesante es que distintas disciplinas parecen acercarse, desde lugares muy diferentes, a una intuición parecida.

La física descubre que la materia quizá no sea lo más fundamental. La teoría de la información muestra que toda existencia comienza con una distinción. Las matemáticas describen estructuras que parecen existir con independencia de quien las piense. La biología revela que la complejidad emerge espontáneamente cuando las condiciones lo permiten.

No son la misma teoría.

Pero todas parecen alejarse de la imagen de un universo construido a partir de objetos aislados y acercarse a otra mucho más dinámica. La de una realidad que se organiza continuamente.

Quizá nunca podamos responder por qué existe algo. Y quizá esa no sea la pregunta correcta. Porque hay preguntas cuya función no es encontrar una respuesta. Sino cambiar la forma desde la que observamos el mundo.

Esta es una de ellas.

Cuando deja de ser un problema filosófico y empieza a sentirse como una experiencia, algo cambia. La existencia deja de parecer un accidente improbable. Y comienza a percibirse como el punto de partida desde el que todas las demás preguntas se vuelven posibles.

Tal vez no podamos explicar por qué hay algo. Pero sí podemos dejarnos transformar por el hecho de que lo haya.


Porque, al final, la pregunta nunca fue únicamente sobre el universo.

También era sobre nosotros.


Para seguir pensando

Esta pregunta forma parte de Coherencia, donde la desarrollo dentro de una investigación más amplia sobre percepción, conciencia, información y cambio de paradigma.

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