Acepto los términos y condiciones

Sobre lo que firmamos sin leer, lo que preferimos no ver y quién decide cuando nadie mira la letra pequeña.

Aparece casi siempre al final. Después de rellenar tus datos, de elegir la contraseña, de confirmar el correo. Una casilla pequeña y una frase:

He leído y acepto los términos y condiciones.

Al lado, un enlace a un documento que nadie abre. Haces clic en la casilla. Sigues.

Es probablemente la mentira más repetida del mundo. La decimos varias veces por semana, millones de personas a la vez, y ni siquiera la vivimos como una mentira. Es solo un trámite. Un paso más antes de llegar a lo que queríamos.

En 2010, una tienda británica de videojuegos añadió una cláusula a sus condiciones de compra como broma del 1 de abril. Quien aceptaba les cedía, para siempre, su alma inmortal. Unas siete mil quinientas personas la firmaron sin enterarse.

Nos reímos con la historia porque nos reconocemos en ella.

Hay buenas razones para no leer. Los textos son larguísimos, están escritos para que no se entiendan, cambian cada pocos meses. Un estudio calculó que leer todas las políticas de privacidad que aceptamos en un año nos llevaría más de doscientas horas. Nadie tiene ese tiempo. Y aunque lo tuviera, ¿qué haría con lo leído? No se puede negociar una coma. Las opciones son dos: aceptar o quedarse fuera.

Ahí hay una asimetría enorme, y conviene mirarla de frente. De un lado, equipos de abogados que redactan cada palabra con cuidado. Del otro, una persona con prisa y un botón. Uno de los dos lados sabe exactamente lo que se está firmando.

Esa desigualdad se repite en muchos sitios. Entre plataformas y usuarios. Entre empresas y gobiernos. Entre países que deciden y países que soportan las consecuencias. Cada vez más decisiones que nos afectan se toman en lugares donde no estamos y con reglas que no podemos leer.

Pero la casilla también dice algo de nosotros.

Hay una palabra que me ayuda a pensar en esto: sombra. Jung la usaba para nombrar las partes de uno mismo que no queremos reconocer. Lo que apartamos de la vista porque no encaja con la imagen que tenemos de quiénes somos. Y añadía: lo que no vemos en nosotros, solemos verlo con mucha claridad en los demás.

Una sociedad también tiene sombra.

Sabemos, de alguna forma, de dónde salen los minerales del teléfono que llevamos en el bolsillo. Sabemos qué pasa para que una camiseta cueste tres euros. Sabemos, más o menos, adónde va la basura cuando sale de casa, o cómo vive el animal que acaba en la bandeja del supermercado. Lo sabemos, y aun así preferimos no detenernos ahí. Hacemos clic en la casilla. Seguimos.

En cierto modo, aceptamos los términos y condiciones de una forma de vida entera sin haberlos leído.

Y es muy fácil colocar la sombra fuera. Son las corporaciones. Son los políticos. Son los otros, los que consumen más, los que contaminan más, los que no se enteran. Algo de verdad hay en eso, porque el poder está muy mal repartido y no todos firmamos con la misma fuerza. Pero también es cierto que la casilla la marcamos nosotros. Las dos cosas a la vez. Sostener esa doble mirada sin quedarse solo con la más cómoda cuesta bastante.

En la adolescencia se firma casi cualquier cosa. Te apuntas, te comprometes, prometes, sin pensar demasiado en lo que viene después. Forma parte de la etapa. Con los años, si todo va bien, una aprende a leer la letra pequeña. No siempre, ni de todo. Pero sí lo suficiente para saber qué está aceptando y qué precio tiene.

Como especie, todavía firmamos bastante a ciegas. Firmamos con el futuro, con el planeta, con generaciones que no han nacido y que no podrán negociar ninguna cláusula. Y la letra pequeña de esos contratos se escribe muy lejos de donde estamos.

Mirar la sombra no arregla la asimetría. No va a cambiar mañana quién redacta las condiciones. Pero algo se mueve cuando dejamos de fingir que no hay nada escrito. Cuando somos capaces de decir: sí, esto lo sabía. Sí, también yo formo parte.

Quizá la próxima vez que aparezca la casilla volvamos a marcarla. Seguramente sí. La vida cotidiana tiene sus urgencias, y nadie puede leerlo todo.


Esta reflexión cruza dos capítulos de HUMANIDAD I  Una especie adolescente: el 7, «Lo que no queremos ver: la sombra colectiva», y el 12, «Asimetría de poder: actores en pugna». Si te quedaste con ganas de más, por ahí continúa.
[Ver el libro]

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