Un semáforo en rojo a las tres de la madrugada

Sobre la obediencia, la autonomía y la pregunta de quién hace de adulto cuando ya nadie manda.

Imagina una calle vacía a las tres de la madrugada.

No pasa ningún coche. No hay nadie en las aceras. Solo tú, la luz anaranjada de las farolas y un semáforo en rojo para los peatones.

¿Esperas?

Hay gente que espera. Se queda ahí, quieta, mirando una luz que nadie más está mirando, hasta que cambia a verde. Y hay gente que cruza sin pensarlo dos veces. Las dos cosas son interesantes, sobre todo si nos preguntamos qué hace esperar a alguien cuando nadie mira.

Puede ser miedo. A una multa, a una cámara que no se ve. Puede ser costumbre, el cuerpo que se para solo. Puede ser la idea de que, si hubiera un niño en la otra acera, no querrías enseñarle que las normas valen solo cuando conviene. O puede ser la sensación de que esa regla tiene sentido y de que queremos seguirla, aunque esta vez no haga falta.

Desde fuera, todas esas personas hacen lo mismo. Por dentro, cada una está en un lugar muy distinto.

Durante la mayor parte de la historia, la pregunta de qué había que hacer tenía respuestas bastante claras, y casi siempre llegaban de fuera. Lo decía el padre, el sacerdote, el rey, la costumbre. Obedecer daba cierta seguridad. Sabías dónde estaba el límite. También es verdad que esa obediencia sostuvo muchas injusticias durante siglos, y que costó muchísimo empezar a cuestionarla.

En 1784, Kant escribió un texto breve para responder a una pregunta: ¿qué es la Ilustración? Su respuesta tiene algo de adolescente, en el mejor sentido. Decía que era la salida de una minoría de edad, y llamaba así a la incapacidad de servirse del propio entendimiento sin la guía de otro. Para animar esa salida tomó prestadas dos palabras de Horacio: sapere aude. Atrévete a saber.

Desde entonces hemos ido desmontando muchas autoridades. Las monarquías perdieron su poder absoluto en buena parte del mundo. Las iglesias dejaron de decidir por casi todos. La tradición ya no basta para justificar una costumbre. Ganamos muchísima libertad, y yo no querría devolverla.

Pero hay algo que se aprende en la adolescencia y que quizá valga también para una especie entera.

Hay una etapa en la que desobedecer es necesario. Cuestionar lo que dicen tus padres, saltarte alguna norma, discutirlo todo. Así se descubre que las reglas las hicieron personas y que se pueden cambiar. Pero entre dejar de obedecer y tener un criterio propio suele haber un trecho bastante largo. Un tiempo en el que la ley de fuera ya no sirve y la de dentro todavía está a medio hacer.

Autonomía viene del griego: darse a uno mismo la ley. Darse la ley. Que es bastante más difícil que saltársela.

Me pregunto si, como especie, estamos en ese trecho. Hemos aprendido a desconfiar de las autoridades antiguas, y el hueco lo están ocupando otras cosas. Algoritmos que deciden qué vemos. Mercados que deciden qué vale. Voces que gritan muy seguras desde una pantalla. Muchas veces seguimos obedeciendo, solo que ahora no siempre sabemos a quién.

Y aquí aparece otra pregunta, de las más incómodas del libro: ¿hay adultos?

Un adolescente necesita a alguien que ya haya hecho el camino. Alguien que le muestre, más con lo que hace que con lo que dice, cómo se vive con criterio propio. Alguien imperfecto sirve, siempre que sea coherente cuando nadie mira.

Una especie no tiene a quién imitar. No existe otra especie mayor que haya pasado por aquí antes y pueda enseñarnos cómo se hace. Las figuras que solíamos tomar como referencia —instituciones, líderes, ancianos— atraviesan su propia crisis. Así que esos modelos, si existen, tendremos que buscarlos entre nosotros. En personas concretas. En gestos pequeños.

Por eso me gustaría hacerte una pregunta, y que la pensaras un momento antes de seguir leyendo:

¿Quién fue adulto para ti?

Seguramente quien te viene a la cabeza daba pocas órdenes. Quizá era alguien que escuchaba. Que reconocía cuando se equivocaba. Que tenía sus propias reglas y las sostenía con calma, aunque le costaran algo.

Vuelvo al semáforo.

A esa hora, en esa calle vacía, quizá lo maduro sea esperar porque entiendes para qué sirve la luz roja. O quizá sea cruzar, mirando bien, sabiendo que eres tú quien decide y quien responde. En los dos casos, la razón ya va contigo. Ya no depende de que alguien esté mirando.

Creo que crecer tiene mucho que ver con eso. Con llevar la ley dentro, sin perder de vista a quien espera en la otra acera.


Esta reflexión cruza dos capítulos de HUMANIDAD I  Una especie adolescente: el 6, «De la obediencia a la autonomía», y el 21, «¿Hay adultos? Modelos y ausencias». Allí sigo tirando de este hilo.

[Conocer el libro] 

Publicaciones Similares

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *