¿Cuándo fue la última vez que no necesitaste nada?

Sobre el deseo, las recompensas inmediatas y nuestra dificultad para estar sin estímulos.

Parece que cada vez nos cuesta más estar un rato sin querer algo.

Queremos escuchar música mientras caminamos, mirar algo mientras comemos, aprovechar cualquier espera para consultar el teléfono. Si estamos cansados buscamos distraernos. Si estamos aburridos buscamos entretenernos. Si estamos tristes, algo que nos haga sentir mejor cuanto antes.

Y cuando conseguimos lo que queríamos, enseguida aparece otra cosa. Siempre haya algo esperando.

El deseo forma parte de nuestra vida desde el principio. Nos empuja a buscar alimento, compañía, placer, conocimiento. Gracias a él nos acercamos a otras personas, exploramos lugares desconocidos, imaginamos posibilidades que todavía no existen. Buena parte de lo que hemos creado como especie nació de alguien que deseaba algo que aún no tenía.

Pero el deseo tiene una característica curiosa: conseguir lo que queremos no siempre acaba con las ganas de seguir buscando.

A veces ocurre justo lo contrario.

Lo vemos en cosas pequeñas. Compramos algo que llevábamos semanas deseando y, pocos días después, ya estamos pensando en otra cosa. Terminamos una serie y buscamos inmediatamente la siguiente. Conseguimos una meta que parecía importantísima y apenas nos concedemos tiempo para disfrutarla antes de fijarnos otra.

Por supuesto, también sabemos disfrutar de lo que tenemos. Pero creo que vivimos en un entorno que alimenta constantemente la sensación de que siempre falta algo.

Y me preocupa lo fácilmente que confundimos esa sensación con una necesidad.

Durante buena parte de nuestra historia, muchos deseos tuvieron que convivir con la espera. Había que aguardar a que llegara alguien, a que creciera una cosecha, a que terminara el invierno, a que apareciera una oportunidad. La espera podía ser dura, incluso peligrosa. Poder reducirla ha mejorado enormemente nuestras vidas.

Ahora podemos satisfacer muchos pequeños impulsos casi al instante. Tenemos entretenimiento, información, compras y conversaciones disponibles a cualquier hora.

Y hemos empezado a perder la costumbre de esperar incluso cuando podríamos hacerlo.

Me pregunto qué consecuencias tiene eso sobre nuestra capacidad de desear.

Porque hay algo importante en el tiempo que transcurre entre querer algo y conseguirlo. Podemos descubrir si realmente lo queremos, cambiar de opinión, imaginarlo, prepararnos o aceptar que tendremos que renunciar a ello.

Cuando respondemos inmediatamente a cada impulso, muchas de esas posibilidades desaparecen.

También está el aburrimiento.

Recuerdo tardes en las que no había nada que hacer. Dabas vueltas por casa, mirabas por la ventana, empezabas alguna tontería y la dejabas a medias. A veces acababas inventando un juego, llamando a alguien o descubriendo algo que te interesaba.

Otras veces simplemente te aburrías.

Hoy podemos evitar casi todos esos momentos. Y tengo la sensación de que hemos empezado a considerar cualquier instante sin estímulos como un pequeño problema que necesita solución. Eso merece nuestra atención. Hay deseos que necesitan tiempo para tomar forma. Ideas que aparecen mientras caminamos sin escuchar nada. Conversaciones que empiezan porque nadie tiene prisa. Decisiones que cambian después de dormir una noche.

Me inquieta pensar que estemos llenando de estímulos incluso los espacios donde podrían surgir nuestros propios deseos.

Y hay otra cuestión que me parece todavía más importante.

Una sociedad que aprende a despertar continuamente nuestras ganas de consumir, mirar, responder o conseguir algo también influye en aquello que terminamos deseando. Cada vez resulta más difícil distinguir cuánto de lo que queremos nace de nuestra experiencia y cuánto ha sido cuidadosamente estimulado desde fuera. No siempre podemos saberlo. Nuestros deseos se forman en relación con los demás, con nuestra cultura y con el mundo que habitamos. Siempre ha sido así. Pero nunca habíamos dispuesto de tantos medios para captar la atención y provocar nuevas ganas de algo. Aprender a convivir con el deseo es una parte fundamental de la madurez. Poder disfrutar de lo que nos ofrece, reconocer cuándo nos arrastra y aceptar que algunas cosas tendrán que esperar.

Y también recuperar la posibilidad de estar un rato sin buscar nada.

Sin llenar el silencio.

Sin sentir que nos falta algo.


Esta reflexión forma parte de las cuestiones que desarrollo con mayor profundidad en HUMANIDAD I — Una especie adolescente, un ensayo sobre el deseo, la recompensa y nuestra capacidad para relacionarnos con los impulsos que nos mueven.

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