El ego también puede vestirse de luz
Por qué algunas experiencias terminan fortaleciendo exactamente aquello que pretendían transformar

Hay experiencias que cambian la forma en que nos miramos. Y otras que cambian la historia que empezamos a contar sobre nosotros mismos. Durante un tiempo ambas parecen la misma cosa.
Después de una experiencia profunda sentimos que algo ha quedado atrás. La vida se ordena de otra manera. Las conversaciones cambian. Aparecen preguntas nuevas. Lo que antes parecía importante pierde peso.
Y, casi sin darnos cuenta, empezamos a decir frases como estas. “Desde que desperté…” “Las personas ya no me entienden.” “Mi energía cambió.” “Ya no puedo relacionarme con quien vibra así.”
Al principio parecen simples maneras de explicar lo que estamos viviendo. Pero poco a poco ocurre algo más sutil. La experiencia deja de ser un lugar al que acudimos. Empieza a convertirse en alguien que creemos ser.
No suele ocurrir por vanidad. Ni por falta de honestidad. Ocurre porque toda identidad intenta hacer exactamente aquello para lo que evolucionó. Mantener una sensación de continuidad.
Cuando una experiencia transforma profundamente nuestra percepción, la antigua historia que teníamos sobre nosotros mismos deja de ser suficiente. Durante un tiempo no sabemos quiénes somos. Y ese vacío resulta difícil de sostener.
Entonces la identidad hace lo que mejor sabe hacer. Construye una historia nueva. Ahora ya no somos simplemente alguien que vivió una experiencia. Somos alguien despierto. Alguien consciente. Alguien diferente. Alguien que ve lo que otros todavía no pueden ver.
Durante más tiempo del que me gustaría reconocer interpreté este fenómeno como un exceso de ego, ego espiritual.
Hoy veo otra cosa, que tal vez el ego no esté apropiándose de la experiencia. Quizá esté intentando organizar una complejidad que todavía no sabemos integrar.
Y la diferencia es importante. Porque deja de convertir el fenómeno en un defecto moral. Y empieza a mostrarlo como una estrategia de estabilidad, porque toda expansión de la conciencia genera más complejidad de la que la identidad anterior puede sostener y algunas personas integran lentamente esa nueva complejidad hasta que transforma su manera de vivir, pero otras, sin darse cuenta, la convierten en una nueva definición de sí mismas.
La experiencia todavía no reorganizó la vida pero si reorganizó el personaje. Aquello que no conseguimos integrar terminamos necesitándolo para definir quiénes somos.
Por eso la verdadera transformación suele ser tan discreta. No necesita anunciarse. No necesita defenderse. No necesita demostrarse. Porque cuando una comprensión encuentra finalmente un lugar estable dentro de la vida, deja poco a poco de formar parte de nuestra identidad. Y empieza, simplemente, a formar parte de nuestra manera de estar en el mundo.
Para seguir pensando
Esta pregunta forma parte de Coherencia, donde la desarrollo dentro de una investigación más amplia sobre percepción, conciencia, información y cambio de paradigma.