Más allá de los NPC
Por qué la conciencia no se divide entre despiertos y dormidos

Hay una idea que circula cada vez con más fuerza. Algunas personas sostienen que una parte de la humanidad vive completamente en automático. Las llaman NPC, como los personajes de los videojuegos que siguen un programa sin cuestionarlo. Frente a ellos estarían quienes han despertado y observan la realidad desde un nivel superior de conciencia.
La idea resulta seductora. También profundamente insuficiente.
No todos tenemos el mismo grado de conciencia. Pero… la conciencia no parece organizarse en categorías cerradas. Se organiza en grados de organización.
Todos conocemos la experiencia de conducir durante varios minutos sin recordar el camino o de leer una página entera mientras nuestra mente estaba en otro lugar. En esos momentos funcionamos desde automatismos que el cerebro ha construido para ahorrar energía.
Pero también conocemos el extremo contrario. Esos instantes en los que toda nuestra atención está presente, una conversación transforma nuestra manera de pensar o una decisión importante exige toda nuestra lucidez.
Los estados fluctúan. La estructura, no tanto.
Hay personas que viven la mayor parte de su vida desde estructuras internas perceptivas muy simples. Reaccionan más de lo que responden. Les resulta difícil sostener la incertidumbre, integrar perspectivas diferentes o revisar sus propias creencias cuando la realidad las contradice. Otras desarrollan, con los años, una organización interna capaz de habitar una complejidad mucho mayor.
Negar esas diferencias sería tan extraño como afirmar que todos poseemos la misma capacidad matemática, musical o emocional.
La evolución produce diferencias. No hay uno que valga más y otro que menos. Hay funciones que aparecen cuando aumenta la organización de la conciencia.
Una conciencia poco organizada vive reaccionando al entorno más que participando conscientemente en él. Los impulsos, el miedo, el deseo inmediato o la costumbre ocupan el lugar de la elección. Con facilidad queda atrapada por pasiones colectivas, ideologías, modas, fanatismos o identidades cerradas que simplifican un mundo demasiado complejo para ser sostenido desde dentro.
Por eso necesita estructuras externas que regulen aquello que todavía no puede organizar por sí misma. Religiones, partidos políticos, nacionalismos, movimientos sociales o cualquier otro sistema de creencias pueden cumplir esa función, porque reducen la complejidad y ofrecen respuestas antes incluso de que aparezcan las preguntas.
No hay nada malo en ello. Todo organismo necesita apoyos durante su desarrollo. El problema aparece cuando esas estructuras sustituyen definitivamente la capacidad de pensar, revisar y reorganizar la propia experiencia. A medida que aumenta la organización de la conciencia empiezan a aparecer funciones nuevas. No solo mejora la autorregulación. También aumenta la capacidad para sostener perspectivas diferentes sin necesidad de eliminar una de ellas. Disminuye la necesidad de certezas absolutas. La identidad deja de defenderse constantemente y aparece una cualidad extraordinaria: la posibilidad de modificar los propios modelos cuando la realidad demuestra que ya no son suficientes. Pero quizá la función más importante sea otra.
Comienza a surgir la capacidad de generar novedad.
Las respuestas dejan de proceder únicamente del pasado. El sistema empieza a producir estructuras inéditas, soluciones creativas y formas nuevas de comprender problemas antiguos. La creatividad deja de ser un talento reservado a unos pocos y se convierte en una propiedad natural de una conciencia suficientemente organizada.
Y, con ella, aparece otra consecuencia inevitable. Aumenta la capacidad de respuesta. Tal vez ese sea el significado más profundo de la responsabilidad. No una obligación moral. No una carga. Sino la capacidad creciente de responder a una porción cada vez mayor de la realidad.
Responder a nuestras emociones sin quedar atrapados por ellas. Al sufrimiento de otros. A las consecuencias futuras de nuestras decisiones. A la complejidad de una sociedad. A la fragilidad de los ecosistemas.
Una conciencia más organizada no vale más que otra. Simplemente puede hacerse cargo de una porción mayor del mundo.
Es exactamente lo que ocurre con un adulto respecto a un niño, con un ecosistema maduro respecto a uno degradado o con un cerebro capaz de autorregularse frente a otro que todavía no ha desarrollado esa capacidad.
No hablamos de una diferencia de dignidad. Hablamos de una diferencia de organización.
Quizá la evolución de la conciencia nunca consistió en pertenecer a una categoría distinta. Consistió, simplemente, en ampliar poco a poco nuestra capacidad de sostener la realidad y responder creativamente a ella.
Para seguir pensando
Esta pregunta forma parte de Coherencia, donde la desarrollo dentro de una investigación más amplia sobre percepción, conciencia, información y cambio de paradigma.