
Mis primeras preguntas aparecieron mucho antes de que supiera que podían convertirse en una investigación.
De mi infancia recuerdo, sobre todo, la curiosidad. Me gustaba observar a las personas, escuchar sus conversaciones e intentar comprender qué ocurría detrás de sus palabras y sus gestos. También recuerdo una sensación de confianza y conexión con la vida que entonces no necesitaba explicación.
Crecí en un entorno religioso. Una de mis tías era monja y pasé muchas horas recorriendo los espacios del colegio donde vivía: la iglesia y el silencio que se formaba dentro de ella; el laboratorio, lleno de frascos donde se conservaban animales extraños que podía observar durante horas; los largos pasillos; los cantos, los rezos de la mañana y de la noche; los rituales que marcaban el ritmo de los días. Para mí, todo aquello formaba parte de un mismo territorio de descubrimiento.
La religión fue mi primer lenguaje para acercarme al misterio. Durante años pensé que sería monja. Pero en la adolescencia comenzaron las preguntas que aquel lenguaje ya no conseguía responder. Me resultaba difícil aceptar que una experiencia tan amplia pudiera quedar encerrada en un conjunto de certezas.
Me alejé de la religión y empecé a buscar en otros lugares.
Llegaron la filosofía, la psicología, la ciencia y, con los años, numerosas disciplinas, tradiciones y formas de comprender el mundo. Algunas me ofrecieron herramientas valiosas; otras me enseñaron, precisamente, a desconfiar de las respuestas demasiado completas.
En 2008 dejé mi trabajo para dedicarme a tiempo completo a estudiar y explorar esos territorios. Descubría una perspectiva y me sumergía en ella con entusiasmo. Aprendía su lenguaje, sus principios, las preguntas que permitía formular. Durante un tiempo, aquella manera de mirar hacía visibles cosas que antes no había advertido. Después empezaba a encontrar sus límites. Las preguntas que quedaban fuera. Las contradicciones. Las explicaciones que funcionaban bien dentro de un marco, pero no tanto al contrastarlas con otros.
No siempre fue cómodo. A veces habría preferido encontrar una disciplina, una tradición o una manera de pensar en la que poder permanecer.

La maternidad añadió otra dimensión a ese recorrido. Descubrí que comprender una teoría y saber qué hacer con ella son cosas muy diferentes.
Muchas ideas que había comprendido intelectualmente tuvieron que encontrarse con la experiencia cotidiana. Con los vínculos, los miedos, las decisiones y las dificultades para las que no siempre existe una respuesta clara.
Seguí estudiando y buscando herramientas, pero poco a poco empezó a cambiar algo más profundo: mi relación con las personas y los sistemas de pensamiento de los que aprendía. En 2020 comprendí que necesitaba dejar de delegar mi propio criterio. Durante mucho tiempo había buscado fuera respuestas que esperaba encontrar ya elaboradas. Algunas personas me habían ayudado a pensar mejor. Otras experiencias me habían llevado a confundir conocimiento con autoridad y otras habían creado en mi dependencia. No se trataba de dejar de escuchar ni de aprender de los demás. Sino de aprender a hacerlo sin renunciar a mi propia capacidad de observar, cuestionar y decidir. Desde entonces intento acercarme a una idea sin tener que adoptarla por completo; escuchar una tradición sin necesidad de pertenecer a ella; explorar una experiencia sin convertirla en una verdad universal. Y, cuando encuentro razones suficientes, cambiar de opinión.
Mirando atrás, reconozco que mi trabajo nació de ese recorrido.
Hoy investigo las relaciones entre ciencia, filosofía, psicología, historia, antropología, teoría de sistemas y tradiciones contemplativas. Me interesan tanto las posibilidades que abre cada perspectiva como sus límites, y especialmente lo que podemos descubrir cuando las ponemos en relación.
La escritura y la música son dos formas de explorar esas preguntas. A veces una idea necesita el desarrollo de un ensayo. Otras veces encuentra su lugar en una historia, una imagen o una canción.
No sé si existe una perspectiva capaz de reunir todas las piezas. Tampoco estoy segura de que sea necesario encontrarla.
Me interesa más descubrir qué ocurre cuando las ponemos en relación.