Nuestra madre oscuridad

Hay un malentendido muy antiguo que hemos heredado sin examinarlo: que la oscuridad es el problema. Que la tarea de una vida consciente es atravesarla, reducirla, eventualmente eliminarla. Que la luz es la meta y la sombra, el obstáculo.

Pero el cosmos es, en su inmensa mayoría, oscuro. Las estrellas son excepciones diminutas en un océano negro que las precede y las sobrevivirá. El sol se apagará. La oscuridad permanecerá. Y el primer territorio donde se gesta cualquier vida, el vientre, la semilla bajo la tierra, es un lugar sin luz.

La oscuridad es anterior. La oscuridad es la madre.

Cuando decimos que algo está en potencia, describimos un estado donde la forma aún no ha emergido pero la fuerza ya existe. La semilla no es un árbol fallido, es un árbol en latencia, esperando las condiciones para desplegarse. El embrión en el líquido amniótico oscuro lleva toda la información del ser que será. La idea antes de tomar forma verbal ya opera en quien la tiene: cambia su mirada, reorganiza su percepción, lo mueve de formas que él mismo no puede todavía articular.

La oscuridad es ese territorio donde algo puede rehacerse lejos de la presión de ser visto. Donde se descansa sin rendir cuentas. Donde se germina, se reordena, se prepara el siguiente movimiento. Entrar en ella es hacer lo que hace la tierra en invierno, lo que hace el cuerpo mientras duerme, lo que hace la conciencia cuando necesita integrar antes de continuar.

Quien no sabe habitar la oscuridad tampoco sabe realmente descansar, ni realmente transformarse. Solo sabe continuar.

Lo que las tradiciones llamaron demonios, sombra, densidad, lo bajo — merece una lectura más precisa.

Esa fuerza es real. El impulso ciego, el deseo sin dirección, la energía bruta que no distingue entre construir y destruir, existe y es poderosa. El error ha sido declararla enemiga.

Porque la conciencia pura, sin la fuerza de lo denso, es contemplación inerte. Alguien que lo sabe todo y actúa con la intensidad de una brisa. La densidad es el combustible. La materia, el impulso, incluso la violencia potencial de la energía sin forma ahí está la potencia de creación más bruta y más disponible.

Antes me preguntaba ¿cómo me deshago de esto? ahora ¿hacia dónde lo dirijo?

La armonía, bien entendida, es un verbo. Dos fuerzas opuestas que se complementan y generan algo que ninguna podía producir sola. El arpa: cuerdas en tensión, aire entre ellas, y de esa fricción exacta, música.

La madurez de la conciencia se parece a eso. Alguien que ha aprendido a no pelear con lo denso que hay en sí mismo. Que reconoce el impulso, el miedo, la oscuridad interior y en vez de suprimirlos o rendirse a ellos, los convoca con propósito. Los integra al tejido.

Esto requiere precisión. Saber cuándo la fuerza bruta sirve y cuándo destruye. Cuándo la oscuridad está gestando algo y cuándo está simplemente evitando la luz. Cuándo el reposo es necesario y cuándo es evasión.

Esa discriminación — ese arte — es lo que distingue una vida que crece de una vida que solo continúa.

Venimos de la oscuridad. Volvemos a ella cada noche. Y lo que somos en el intervalo depende, en buena parte, de cuánto hemos aprendido a trabajar con ella en vez de contra ella. 

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